¡Junco, Junco, Junco…!

La Comisión no invitó a Lázaro Junco a compartir con la MLB. El público se encargó de hacer justicia

 
Por Arnaldo Mirabal
Lázaro Junco quiso pasar desapercibido, pero su pueblo no permitió que su grandeza se apocara, ante el olvido de la Comisión Nacional de invitarlo a las clínicas deportivas que realizarían las grandes Ligas de visita en Cuba, el graderío del Victoria de Girón, testigo tantas veces de sus descomunales jonrones, vitoreó su nombre y Junco ocupó su lugar junto a los grandes allí presentes 
Un hombre curtido de los tantos golpes que le dio la vida, como dijera el poeta, no debiera rechistar por golpe más. Eso pensaríamos si se tratara de los garrotazos que la propia existencia te propina a cada paso, pero contra la ingratitud de los mortales no hay mente que halle la paz, ni espíritu que se someta, bien lo ha de saber Lázaro Junco, el toletero mayor de los equipos de béisbol de Matanzas, retirado antes de tiempo, quien a pesar de descocer la pelota y liderar a los jonroneros en incontables ocasiones, pocas veces integró el equipo grande de nuestro béisbol.
Sin embargo, Junco es de esos seres de pocas palabras que aprendió a dominar sus sentimientos, o al menos eso parecía, hasta que una vez en una entrevista ante las cámaras no pudo contenerlos más, y rompió en llanto como un niño, o como un hombre que lleva un dolor muy adentro.
Desde ese día los cubanos lo apreciaron mucho más por su gallardía y honestidad: nunca arremetió contra nadie, ni contra la decisión polémica de un árbitro, y muchos menos contra la desacertada e injusta disposición de alejarlo de los terrenos cuando aún podía aportar al deporte.
Desde entonces transcurre su vida compartiendo su pasión por el béisbol con los más pequeños, porque hombre bueno como es, comprendió que la maldad y las decisiones injustas no podían mellar su amor hacia la pelota.
ljuncoDice un refrán que a los buenos le suceden cosas buenas, pero a veces la maldad se ensaña. Y eso pasó el pasado jueves en los predios del Victoria de Girón, ante el arribo de una representación de las Grandes Ligas de visita en Cuba por estos días para impartir clínicas para peloteritos cubanos.
Esta vez la protagonista del nuevo golpe contra el toletero de Limonar era la propia Comisión Nacional de Béisbol, y uno se interroga: ¿si sabían que una de la Clínicas de entrenamiento se efectuaría en Matanzas por qué obviar a un grande de la pelota cubana como lo es Lázaro Junco?
Junco fue el primero en llegar a los 400 jonrones en nuestras series nacionales, sin embargo, allí estaba él, en las gradas, queriendo pasar desapercibido como tantas veces, nadie como él conoce de ostracismos.
Pero cuando comenzaron las presentaciones de los asistentes y mencionaron el nombre de varias glorias del deporte de Industriales el graderío enardeció: “¿Qué hacen ellos en el terreno del Estadio matancero y Junco sentado en las gradas?”; y un nombre retumbó en el Victoria: ¡Junco!, ¡Junco!, ¡Junco!…
Ante tamaño entuerto a los organizadores del convite beisbolero no les quedó más remedio que remedar su metedura de pata y llamar al peloterazo de Limonar, el humilde jonronero de la pelota cubana.
Esta vez la injusticia se deshizo antes de crecer y crear otro coágulo de desazón en el alma del pelotero. Fueron los aficionados, los matanceros que tantas veces le vieron parado en el home como un caballero de estirpe medieval, quienes subsanaron tamaño olvido. Al final nada pudo la omisión, ni las posteriores justificaciones, Lázaro Junco descendió al terreno como lo hacen los grandes, aupado por el aplauso justiciero de los suyos.
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